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DE BRUJAS Y UNGÜENTOS

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La palabra “ungüento” suele evocarnos chozas o cuevas obscuras donde brujas o chamanes elaboraban sus pócimas con ingredientes inquietantes para invocar y domeñar las fuerzas de la naturaleza. En realidad, el objetivo de estas brujas, curanderas o chamanes era casi exclusivamente sanar a sus semejantes. Pero las clases entonces dirigentes (Iglesia y Estado) los veían como una amenaza porque esta capacidad les daba un poder extraordinario y sobre todo incontrolable. Y esto, claro, no podía tolerarse de ninguna manera. Razón por la que fueron perseguidos, difamados, acusados de crímenes horrendos y quemados en la hoguera. Y también el motivo por el cual esa imagen siniestra acuda a nuestra mente cuando pensamos en “ungüento”. Ya se sabe: calumnia que algo queda.

El miedo siempre engendra violencia, activa o pasiva. Hoy en día el genocidio, por suerte, no está bien visto. Pero eso no impide que los lobbies farmacéuticos lancen campañas y presionen contra las llamadas “terapias alternativas” enarbolando la bandera de la ortodoxia científica con el único fin de evitar que se les acabe el monopolio. Los gobiernos, que en el fondo son simples títeres de los gigantes de la industria, legislan a favor de éstos y así nos va. Afortunadamente, hay países que se salvan: he leído hace poco que en Suiza, además de la homeopatía y la acupuntura, acaban de incorporar la medicina ayurvédica a la Seguridad Social.

Siempre me ha hecho gracia la frase “eso no está demostrado científicamente”. ¿Qué quiere decir? ¿Que años, mejor dicho siglos, de comprobar fehacientemente que determinadas técnicas como la acupuntura, la homeopatía, la espagiria o la aromaterapia, obtienen resultados espectaculares en muchas enfermedades y dolencias, deben cuestionarse porque un laboratorio no puede, hoy por hoy, demostrar cómo funcionan?  El colmo de la arrogancia es creer que lo que no se puede entender con la mente, no existe.

Sin embargo, el ungüento no sólo es una de las fórmulas más antiguas que existen sino quizá la más eficaz. Porque combina la potencia de aceites esenciales y vegetales con los productos de la colmena. Al no llevar agua, podría decirse que todos sus componentes son activos. Por lo general, creemos que el ungüento resulta muy graso y no es así: si se aplica sobre una piel húmeda (no mojada, ojo) favorecemos la penetración de los principios activos más allá de la epidermis, alcanzando capas profundas y ejerciendo así efectos duraderos. En pocos minutos nuestra piel quedará nutrida y sin rastro de aceite.

Reivindicando a las brujas y chamanes,  os invito a fabricar vuestras propias recetas. Elaborar un ungüento es relativamente sencillo. Sólo necesitas unos cuantos aceites vegetales, aceites esenciales, cera de abeja y vitamina E para evitar que los aceites se enrancien. En mi caso, añado miel, propóleo en alcohol y, si quieres una piel espectacular, jalea real fresca.

La proporción de cera será siempre el 5% del total de la fórmula: 2,5 gramos para 50 ml, 5,0 gramos para 100 ml y así. Yo suelo poner un 7% de miel, preferentemente líquida (lavanda, acacia, milflores), unas gotas de propóleo en alcohol (9 para 50 ml, 18 para 100 ml, no es algo fijo, lo vas probando), y si es para la cara/cuello, 1/4 de cucharada de café de jalea real fresca.

Pones los aceites vegetales, la vitamina E (5-8 gotas) y la cera en un cuenco al baño maría, removiendo con unas varillas de acero hasta que la cera se disuelva. Inmediatamente trasladas este cuenco a otro más grande con agua fría y si es en verano, unos cubitos de hielo, sin dejar de remover. Al principio la mezcla se pegará a las paredes pero no dejes de remover con ganas porque después de unos minutos se habrá vuelto homogénea.

Ya templada, se saca y se le van añadiendo los otros ingredientes: miel, propóleo, aceites esenciales y jalea real si la quieres utilizar. Después la envasas en un tarro de cristal y ya está. Admite también activos liposolubles (coenzyma Q10, escualeno), o extractos CO2 de plantas.

Como he hablado en otra ocasión de estos extractos, voy a explicar un poco en qué consisten.

Los extractos CO2 de plantas son semejantes a los aceites esenciales, pero cuando no procede la destilación al agua se utiliza el dióxido de carbono, un gas presente en la atmósfera que en condiciones normales es inodoro y no inflamable. Cuando se comprime a alta presión y a una temperatura de alrededor de 30º, se comporta como un fluido con gran poder solubilizador que se inyecta en el extractor que contiene la planta. A la salida del aparato, se baja la presión de manera que el CO2 vuelva a su estado gaseoso y sólo permanecen los compuestos activos de la planta, incluyendo moléculas más pesadas que las obtenidas por destilación al agua. Son esencialmente liposolubles o solubles en aceite y a veces en alcohol. Muy potentes, basta una cantidad pequeña para que ejerzan su efecto. Entre los extractos más utilizados en cosmética tenemos el de granada, de kiwi, de árnica, caléndula o de zanahoria. En perfumería se usan mucho el de iris, de ambrette, de romero o de manzanilla alemana entre otros, precisamente por su excelente conservación de las moléculas aromáticas.

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